El avión ha aterrizado. Miro por la ventanilla y veo aviones con el logo de un trébol de un intenso color verde que contrasta con el gris del cielo. Podría ser la imagen de cualquier aeropuerto del mundo al que lleguen los aviones de Aer Lingus en un día de lluvia, pero las azafatas pelirrojas me confirmaron a la salida del avión lo que tanto estaba esperando: había llegado a Dublin.
En la terminal me esperaba Marine, con un cartel que decía "Lapin" (conejo en francés, pero eso es otra historia). No pude evitar la carcajada, le di un beso y fuimos a la parada de bus.
Entramos en el bus intentando pagar la suma exacta, debido a que el conductor no devuelve el cambio, y nos dirigimos al centro de la ciudad. Enseguida dos detalles más que me hicieron darme cuenta de que estaba en Irlanda, el autobus tenía dos plantas y conducía por la izquierda.
Durante el trayecto me vino a la mente por un momento la ciudad de Benidorm. Desde mi asiento del bus podía ver calles llenas de pubs, tiendas chorras y sex shops con luces de colores que me recordaron por un momento a la ciudad alicantina. Sin embargo, las casas bajitas unifamiliares sin persianas enseguida borraron de mi mente cualquier relación con ninguna ciudad del Mediterráneo. Sobretodo cuando uno veía el lugar en el que se encontraba el volante de los coches que había en los jardines de las casas.
Al bajar del bus, andamos unos metros por O'connell Street, a travesamos el río y llegamos a nuestra nueva casa. Allí estaba Cristina, nuestra compañera de piso, una simpática vallisoletana que habla un francés perfecto y que forma parte de la comunidad de españoles que buscamos labrarnos un futuro mejor recorriendo el mundo.
Tras las presentaciones fuimos a beber una buena Guinness en The Temple Bar, un típico bar irlandés que se ha convertido en un clásico para los turistas que llegan a la capital de Irlanda. De camino al pub me chocó el ambiente a Halloween que se sentía en la calle. Los viandantes paseaban con disfraces y las tiendas estaban decoradas con sangre falsa, telarañas, esqueletos y calabazas. Pero eso no fue lo que más me sorprendió, sino que en el momento de ir a pagar la cerveza en el pub, una niña vestida de bruja, con ojeras y cicatrices falsas me dijo aquello de treat or trick mientras sostenía una calabaza en la mano. Por un instante sentí la obligación de darle la cartera para no sufrir las consecuencias, jeje. Menos mal que al final todo quedó en nada, y nos sentamos a disfrutar de la cerveza. De este día poco más que contar, a parte del agradable ambiente de los pubs irlandeses, en los que puedes beber cerveza y comer "sano" al ritmo de la música que se toca en directo.
A parte de los pubs, halloween y la comida irlandesa, quería contar la buena sensación que me va dejando poco a poco esta ciudad. Parece muy acogedora, y de que tiene muchísimas cosas para descubrir. Creo que no sólo es lluvia, cerveza y tréboles, si no que también tienen un ambiente muy acogedor, parques con un césped asombrosamente perfecto en los que las hojas amarillas y rojas empiezan a caer, calles llenas de artistas, con personas venidas de todo el mundo y con culturas muy diferentes.
Poco a poco iré viviendo nuevas aventuras, iré descubriendo nuevos lugares e iré conociendo gente de todo el mundo.
En fin, pinta bien esto, y por "pinta" no me refiero sólo al tamaño de las Guinness ;-)